Sobre ensayos de vocabulario a través de animales imaginarios y relatos de corta duración.
martes, 10 de agosto de 2010
Abacería
Anton Laé miró el jarrón y se detuvo con la seguridad de saber algo. Nunca antes lo había visto pero presentía de él completamente. Una vez alguien le dijo que si se ve un color no se puede dudar de ello, Anton Laé dudó enteramente de ese jarrón. Parecía como si le hubiesen mostrado una foto suya fuera de su memoria. El entendimiento de una realidad palpable pero inrecordable, y a la vez cercanísima, le humedecía la frente. Vaciló. La abacería estaba a punto de cerrar. Apagó los ojos, parecía que así todo era más tangible. Cuando estiró la mano Laé palpó aceite. De pronto la humedad viscosa se granuló. Laé, no recordará más el aspecto del jarrón. Su mano parecía la del hombre imvisible de Wells, y el jarrón como un chocolate derretido, extendiéndose en los contornos de su palma, pasará a otro espacio. Quizá más perceptible.
Ab-intestado
Lo que encontró colgando en el viento el Paleontólogo Arturh Moulec no fue algo que se pudiera archivar. El tiempo muchas veces se encapucha de silencio. Moulec no entendía de figuras volátiles, de la transpiración de una imagen, del sonido cuando se detiene. Aquel animal que observó por instantes parecía una mosca, pero tenía las patas en forma de espirales. La cabeza se distinguió apenas cursó los ojos en su frontera, luego no se supo nada más. El insecto - o lo que fuese - parecía que en la arena se difuminaba ab-intestado.
Ab aeterno
Que el hipopotamo se enamorara del papagayo respondía no solo al fulgor pasional de su mirada ambar, sino era algo ab aeterno. Quizá uno de ellos entró primero al círculo del eterno retorno sin preguntarle a Nietzsche el comienzo del final del comienzo del final de la linea. Pero, sea como sea, irracionablemente como lo prefiere la tierra, el verano, y el niño que se empina para resolver una intrigante, se enamoraron.
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