martes, 28 de diciembre de 2010

Abano

Me deprime inmensamente saber que nunca podré contar los giros de un abano, que mis ojos tendrán ese límite aritmético; que lo veré así, pasar con toda su celeridad mientras agrandan su imperceptible estampa, discorde, arrítmica a la manera en que enumero las imágenes en movimiento que suelen gustarme. Si bien es cierto el abano puede estar compuesto por dos a más hélices, nunca por una como un Hombre a solas. Como digo, me enferma no tener un cálculo físico autómata. Pero si lo tuviera, de hecho que podría precisar exactamente cada uno de esos movimientos, aunque no estuviera allí, sólo me bastaría calcular su inicio y asegurarme la hora  de cierre del edificio, departamento, oficina o donde sea que se albergue y sabría, como podría calcular ahora exactamente, el radio en el que te ubicas luego de habernos reído por sobre encima de los ojos acuosos, de saber que viajarás sin destino, como tanto te ha gustado hacer desde ya tiempo, pero esta vez seguros ambos de que no volveremos a derretir los helados y luchar con nuestros bellos reptiles rojos para que no se ahogue el barquillo, de que no volveremos a perseguir ratones a media noche con los zapatos celestes que compramos justo para eso, y  para seguir a las hormigas hasta esos pequeños campos en formas de senos canelas como tus propios senos, que tanto me gustaron y te lo decía con la ambigüedad en toda valía. Que no volveré a descifrar la cercanía de tu forma de decirme adiós para dar un giro e impulsarte detrás de un poste hacia mis brazos, estos dos flancos que se parecen mucho a esos abanos cuando están apagados, cuando me es fácil reconocer todos sus giros: Cero.  Y muy lejos de ahora, a pesar de estar ocurriendo, lejos, incalculablemente como nuestra distancia y las vueltas que ya dio, están dando y darán cualquiera de las hélices de las que nunca predigo el viaje.

viernes, 22 de octubre de 2010

Abalorio

Cuando John Let terminó su relación amorosa, se sintió húmedo. La huella del vacío, a veces, es mucho más grande que la del contenido. Había sido ella la ávida más tierna de todas las perras. Pero ahora, a 5 minutos de su último andar de la mano, se encontraba más excitado que siempre. No tenerla a su disposición hizo la posibilidad instantánea del coito más placentera. Cuando ella le había dicho el adiós estaban delante de la sección de avenas. Él sintió los abalorios de una pulsera en medio de su palma. Se la había regalado en el aniversario. A los minutos, Let no recuerdaría el intermedio, la vio de espalda llena de pasos. Agarró una de esas bolsas, la enrolló como si de un periódico se tratase, e incrustó en el medio de la pulsera. Entonces, húmedo y desasido, decidió buscarla. Tenía que explicarle que no quería vivir atrapado como el abuelito de Quaquer, en medio de unos bolitas chinas, que ahora, y que más tarde, y siempre, se parecerían a sus abalorios.

Abadejo

Mirarle el delgado rostro de historiador siempre será un placer para Garcí. Apenas había visto al Abadejo reconoció en él a la estirpe de trozos de fideo que dejaba sobre su plato en la niñez. Abandonarlos a media sopa había sido su costumbre. En cambio, de este pez no podía escapar con la mirada, volteaba y parecía que su iris negro le cocía una cadena a los ojos. Era automático. Cuando se miraban fijamente esa cadena cedía cercanía. Garcí daba en total cinco pasos. Los contabilizaba. Luego, estiraba la cadena con miedo a arrancarse los ojos y se iba. Nunca volteaba hasta la otra visita, y cuando volvía sólo miraba al Abadejo una vez posicionado lo suficiente del arrecife. Sus amigos dicen que una sola vez supo del cuerpo. Que lo recuerde asemejo a sus fideos es una constancia de ello.
Microrelato  (no- ensayo):
Lo que sucedía en el cuarto de abajo era inadmisible. Él se quedaba mirándola fijamente. Con los dedos quietos. Con el cuerpo inane. Tan justo como ella lo hacía. Como si en el instante hubiese recibido gravísima noticia. Nunca cerraban la puerta, y hasta el sillón de junco parecía moverse. Ellos no. Ellos sólo se sentaban todas las tardes y se miraban fijamente. Cuando un cuerpo cae en peso muchas veces suele engañar al tiempo. Ellos no se movían y parecían consumir el tiempo más que otros movimientos. Sólo una vez voltearon, y hoy no los he vuelto a ver en el transcurso de la misma tarde.

martes, 10 de agosto de 2010

Abacería

Anton Laé miró el jarrón y se detuvo con la seguridad de saber algo. Nunca antes lo había visto pero presentía de él completamente. Una vez alguien le dijo que si se ve un color no se puede dudar de ello, Anton Laé dudó enteramente de ese jarrón. Parecía como si le hubiesen mostrado una foto suya fuera de su memoria. El entendimiento de una realidad palpable pero inrecordable, y a la vez cercanísima, le humedecía la frente. Vaciló. La abacería estaba a punto de cerrar. Apagó los ojos, parecía que así todo era más tangible. Cuando estiró la mano Laé palpó aceite. De pronto la humedad viscosa se granuló. Laé, no recordará más el aspecto del jarrón. Su mano parecía la del hombre imvisible de Wells, y el jarrón como un chocolate derretido, extendiéndose en los contornos de su palma, pasará a otro espacio. Quizá más perceptible.

Ab-intestado

Lo que encontró colgando en el viento el Paleontólogo Arturh Moulec no fue algo que se pudiera archivar. El tiempo muchas veces se encapucha de silencio. Moulec no entendía de figuras volátiles, de la transpiración de una imagen, del sonido cuando se detiene. Aquel animal que observó por instantes parecía una mosca, pero tenía las patas en forma de espirales. La cabeza se distinguió apenas cursó los ojos en su frontera, luego no se supo nada más. El insecto - o lo que fuese - parecía que en la arena se difuminaba ab-intestado.

Ab aeterno

Que el hipopotamo se enamorara del papagayo respondía no solo al fulgor pasional de su mirada ambar, sino era algo ab aeterno. Quizá uno de ellos entró primero al círculo del eterno retorno sin preguntarle a Nietzsche el comienzo del final del comienzo del final de la linea. Pero, sea como sea, irracionablemente como lo prefiere la tierra, el verano, y el niño que se empina para resolver una intrigante, se enamoraron.