viernes, 22 de octubre de 2010

Abalorio

Cuando John Let terminó su relación amorosa, se sintió húmedo. La huella del vacío, a veces, es mucho más grande que la del contenido. Había sido ella la ávida más tierna de todas las perras. Pero ahora, a 5 minutos de su último andar de la mano, se encontraba más excitado que siempre. No tenerla a su disposición hizo la posibilidad instantánea del coito más placentera. Cuando ella le había dicho el adiós estaban delante de la sección de avenas. Él sintió los abalorios de una pulsera en medio de su palma. Se la había regalado en el aniversario. A los minutos, Let no recuerdaría el intermedio, la vio de espalda llena de pasos. Agarró una de esas bolsas, la enrolló como si de un periódico se tratase, e incrustó en el medio de la pulsera. Entonces, húmedo y desasido, decidió buscarla. Tenía que explicarle que no quería vivir atrapado como el abuelito de Quaquer, en medio de unos bolitas chinas, que ahora, y que más tarde, y siempre, se parecerían a sus abalorios.

Abadejo

Mirarle el delgado rostro de historiador siempre será un placer para Garcí. Apenas había visto al Abadejo reconoció en él a la estirpe de trozos de fideo que dejaba sobre su plato en la niñez. Abandonarlos a media sopa había sido su costumbre. En cambio, de este pez no podía escapar con la mirada, volteaba y parecía que su iris negro le cocía una cadena a los ojos. Era automático. Cuando se miraban fijamente esa cadena cedía cercanía. Garcí daba en total cinco pasos. Los contabilizaba. Luego, estiraba la cadena con miedo a arrancarse los ojos y se iba. Nunca volteaba hasta la otra visita, y cuando volvía sólo miraba al Abadejo una vez posicionado lo suficiente del arrecife. Sus amigos dicen que una sola vez supo del cuerpo. Que lo recuerde asemejo a sus fideos es una constancia de ello.
Microrelato  (no- ensayo):
Lo que sucedía en el cuarto de abajo era inadmisible. Él se quedaba mirándola fijamente. Con los dedos quietos. Con el cuerpo inane. Tan justo como ella lo hacía. Como si en el instante hubiese recibido gravísima noticia. Nunca cerraban la puerta, y hasta el sillón de junco parecía moverse. Ellos no. Ellos sólo se sentaban todas las tardes y se miraban fijamente. Cuando un cuerpo cae en peso muchas veces suele engañar al tiempo. Ellos no se movían y parecían consumir el tiempo más que otros movimientos. Sólo una vez voltearon, y hoy no los he vuelto a ver en el transcurso de la misma tarde.