Sobre ensayos de vocabulario a través de animales imaginarios y relatos de corta duración.
martes, 12 de julio de 2011
Ablación
Le dije que podríamos tocarnos toda la noche. Sonrió. Sus manos, como hechas de arena oscura, parecían la espalda de un cerro morado. Deslizó la yema de su dedo índice por toda la cuerda, como acariciando la mejilla de un árbol. La otra mano, cogiendo el arco, se deslizó en ablación al viento hasta posicionar el codo de tal forma que parecía sujetar una flecha. Todo callaba y pude escuchar como el arco cortaba el aire, anticipando la música. Me miró como preguntándome si me gustaban sus manos. También te tocaré, le dije. Antes de amanecer habrás escuchado mi tacto.
Abjurar
Increpo sobremanera las palabras que vierten en mí como si fuera un deshoje de árbol. Mi casa. La iglesia. ¿Qué mierda son los hermanos? Lo parecido ha sido mi familia, cada uno de mis pensamientos. Y lo siento, los recupero abjurando la inclinación mental de las incógnitas que facilité juntando los dedos. Contigo, padre Felít, que me acogiste a los tres años con la seguridad de verme en la cama, quererme en la impureza de mi desnudez, a pesar de creer y saber que somos el mismo rojo que ahora embauca mi credo.
miércoles, 1 de junio de 2011
Abisal
Ahora que te vas el mar me atiende como el viaje de una piedra al fondo de sus orígenes. Las flechas, como los peces, nunca se han preguntado el aire a pesar de que siempre piensan en las manos del arquero; y algo así es mi destino, mi vuelo abisal o sumerio contra la naturaleza hidrógena que me va empujando sus líquidos dedos al labio, para gritarte hacia mis adentros, o la única posibilidad, impacto final de la flecha. Y ya no voy conteniendo mis muelas en humedad al inicio, la asfixia acuosa, invertebrada, que me hace abrir los labios y se va pareciendo tanto a tu boca.
viernes, 6 de mayo de 2011
Abigarrada
He descubierto tu nombre en un rincón de mi cuaderno. Sé que es tu nombre porque conserva ese olor a café en la tinta que tantas veces me anticipó el sueño, que me lo quitó también, porque me eras necesaria después de toda tu prosa. Y me escribías los viernes para que hasta el lunes se me agotara la búsqueda. Debo confesarte que en sigilo llegué a revisar la caligrafía de cada cuaderno, pensando allanarte las curvas, esa forma tuya de estirar las A como una flecha horizontal al aire, de ponerle un columpio a la O, de permitirte eliminar las H porque te daba miedo el vacío. Y dónde hallarte si siempre firmabas entre semana en una ciudad diferente y me contabas abigarrada de cómo le iba a esa ciudad, detallabas la población, sus problemas de clase, la economía, e ibas con todo un argumento socioeconómico entrecomillando te amo. “Hoy Tucumán está agonizando en sequía, parece que más de cuatro mil hectáreas de cultivo se perderán, Te amé mucho hoy mientras mirabas a la ventana, y es preocupante el fallo que anteriormente denegó la construcción de una fuente de reserva, Rhazú¿ Estabas triste?, capaz de distribuir lo suficiente, No, sé que mirabas las nubes, para que ninguna de esas fuentes agrícolas hoy se deserten, Sé que las mirabas porque antes de voltear también yo las veía. El FMI ha censurado esa decisión tomada hace poco y calificado como un retraso político, y te veía en ellas ….” Al día siguiente te escribí en esa ventana ¿Por qué entrelazas los mensajes?. Y me respondiste que no me podías amar de otra manera. Nunca te entendí, sábes... Así pasaron tres años. Hasta ahora, que en medio de este vagón me he puesto a escribirte. A garabatear una carta que nunca te envié, que no podré hacerlo, que me ha traído tu nombre y tu olor claro como un saludo de despedida.
viernes, 29 de abril de 2011
Abetal
Cada que despierto desnudo me acuerdo de los últimos días del año. Algunas mujeres, que se han despertado conmigo, me han dicho que me sería fácil obviar esta reminiscencia con tan sólo un Gillette, un prestobarba o unas tijeras. La axila se me congestiona como un abetal, tratan de explicarme al oído, y me tiende la nostalgia del verdor en casa, de navidad o año nuevo. El asunto se esconde allí, me han dicho, en el comienzo de mi brazo o el ángulo de mi pecho.
jueves, 17 de marzo de 2011
Abejaruco
El colibrí se preguntó qué habría comido esa ave que se hacía llamar Abejaruco para estar tan alta y gorda. Pensó en el cielo de la sierra. Recordó que sólo las hermosas tardes en el campo tienen esa calidad cerúlea en su pecho. ¿Pero cómo esa ave habría comido el cielo? Entonces pensó en los licénidos, en la apetitosa especie de las bellargus; en Nut, la diosa egipcia del cielo que protegía las tumbas extendiendo sus alas; en las Apsaras, las ninfas hindúes que bailaban en el viento y protegían el aire; en sus esposos, los Gandharvas, mitad aves o caballos musicales; en la piel de Indra cubierta de ojos permitiéndole el movimiento exacto del mundo y Vaiú; que viajaba a rededor; en An, el dios sumerio del cielo; en los Bacabob, esos cuatro dioses mayas que sostenían la atmósfera. El colibrí se preguntó cómo habrían nacido ellos y entonces comprendió el color, tamaño y gordura de esa ave que se hacía llamar Abejaruco; como él, picaflor.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Abductor
Quise volar y me di cuenta que en el cenit del Abeto las hojas son plumas verdes de un ave gorda y sin patas. Entramado estiré el cuerpo para que mis extremidades se desaferraran, al hacerlo sentí el abductor como un aviador siente el corazón de los pájaros y pensé en todas esas aves que habían nacido aquí. Creo que si yo habría sido una de ellas estaría viajando hasta la inanición por sobre todo el océano; y que a punto de morir, en dirección del azul, pensaría que soy un niño subido en ese árbol que me ha visto nacer; que trato de mover las extremidades para adivinarme volando, queriendo comprender lo que es el cielo, lo que es morir como un ave incrustándose entre los músculos de un blando suelo.
sábado, 26 de febrero de 2011
Abatatar
Dígase que era otro el momento, que este plato no voló como una mariposa deslizándose lozana y que tú, animal coleóptero, no me miraste con la envidia que te hace negar esto, porque existió, como tú y yo ahora; aunque el tiempo y la vista nos nieguen la precisión. Y no vayas a abatatar al turbado ojeador que te va y nos viene en el mediodía del transcurso de ese plato, yéndote a la encomienda de una tarde que es la mañana que hoy silencias en el digitar de la negación de un proceso parecido, inclúyase la igualdad del recorrido, a lo que nos está sucediendo.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Abarloar
Ni cuando hago ejercicios siento mi cuerpo tan duro como atrás de mis ojos, y eso de re continuar mi día con el cuerpo quieto toda la madrugada quizás sea razón suficiente para inquirir mi calidad onírica; pero, por qué verme como un lancha siempre, sentir esa humedad rosándome la madera como gazapo cuando me abarloan en el puerto; y en pleamar, las embestidas de toros azules, de blancos caballos con sangre de príncipes y celeridad tal que parecen un estómago congestionado. Ahora que puedo reflexionar esto, en el único momento posible donde ninguna cualidad vivencial ataña la negación de la otra, sueño y sociedad, doy cuenta de la blandura plastilínica del trayecto.
Abarajar
Quizás no haya otra solución pero piénsalo bien Damián. Entiende, mierda, no es algo de tomar a la ligera, es tu vida, la de tus padres, tus abuelos y el impacto visual que nos accedas; porque todos miraremos esto a pesar que nos duela, y tú que te crees una mosca o no sé qué porquería de fácil disidencia; pero Damián, piensa en todos nosotros que para llegar a ti ya quisiéramos poseer los animales robóticos de todos los Power Rangers que infinitamente te gustan, allí quizás te sorprenderías por todo lo que no te dijimos horizontales y supieras que hay cosas que se callan por valentía o secreto, o en posesión de ese tu arrojo de nueve años, mierda, para no sé qué hacer pero así como tú quieres apagar muchos dolores , nosotros, abarajarte antes del impacto. Y no sé porqué tuviste que ser exactamente tú quien habitara el onceavo piso; porqué no el segundo, así sería menor el impacto; y quién sabe, por algún caso, entre todos, te habríamos podido abrazar antes que llegases al suelo.
Abanto
Cuando desperté sobre esos arbustos oscuros lo primero que se me vino a la mente fue estar sobre las hojas de un pacae carbonizado. Dada mi desnudez abalancé mi cúbito dorsal sobre la superficie con una paciencia de gato; mis brazos se enramaron entre esas hojas como sobre sábanas, sobé mi rostro entre las perpendiculares de su planicie como si tratase de agua y mi cuerpo entero respiró de su textura de forma tal que, cerrados los ojos, me imaginé un mono oscuro sucumbido en la profundidad de anocheceres - Dos inmensos ojos de la estirpe de las manzanas esperaron que separara las pestañas - Varios años atrás alguien me había dicho que sólo un abanto puede esperar largas horas que un cuerpo despierte antes de despedazarlo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)