Habían
transcurrido 9 años desde ese adiós: Mano al aire. Rostro volteado. Las
falanges girando rápidas como si sujetaran un pañuelo en marinera. Él fue el
único que miraba la espalda del otro como cuando se va un cartero luego de una
encomienda. Y ni recuerda la voz misma, ese baladí circunstancial de la palabra
al despedirse. Solo la mano. Esa maldita mano blanca como la suya ahora sobre
el volante. Miró al retrovisor y solo vio los mismos ojos, las mismas cejas,
pero en otro hombre. Y quizás lo recordó mejor así, o solo recordaría cuando
madre alistaba la mesa y él siempre se sentaba último, se servía menos y nunca
dejaba de hablar de su esencia de bailarín. Entonces lo tuvo claro: debía aberrar
de ese carril, para ya no mal recodar el adiós que ni la voz abrazaba en el
tiempo; para, en cambio, decir hola. Hola, Marco, discúlpame por ser débil, por
no recordarte entero en la última plática, por no querer ir contigo al concurso
de marinera. Pero ya estoy aquí, esta vez me tocó a mí llegar tarde.
Sobre ensayos de vocabulario a través de animales imaginarios y relatos de corta duración.
lunes, 3 de agosto de 2020
Aberrar
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