miércoles, 23 de febrero de 2011

Abarloar

Ni cuando hago ejercicios siento mi cuerpo tan duro como atrás de mis ojos, y eso de re continuar mi día con el cuerpo quieto toda la madrugada quizás sea razón suficiente para inquirir mi calidad onírica; pero, por qué verme como un lancha siempre, sentir esa humedad rosándome la madera como gazapo cuando me abarloan en el puerto; y en pleamar, las embestidas de toros azules, de blancos caballos con sangre de príncipes y celeridad tal que parecen un estómago congestionado. Ahora que puedo reflexionar esto, en el único momento posible donde ninguna cualidad vivencial ataña la negación de la otra, sueño y sociedad, doy cuenta de la blandura plastilínica del trayecto.

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