lunes, 3 de agosto de 2020

Aberrar

Habían transcurrido 9 años desde ese adiós: Mano al aire. Rostro volteado. Las falanges girando rápidas como si sujetaran un pañuelo en marinera. Él fue el único que miraba la espalda del otro como cuando se va un cartero luego de una encomienda. Y ni recuerda la voz misma, ese baladí circunstancial de la palabra al despedirse. Solo la mano. Esa maldita mano blanca como la suya ahora sobre el volante. Miró al retrovisor y solo vio los mismos ojos, las mismas cejas, pero en otro hombre. Y quizás lo recordó mejor así, o solo recordaría cuando madre alistaba la mesa y él siempre se sentaba último, se servía menos y nunca dejaba de hablar de su esencia de bailarín. Entonces lo tuvo claro: debía aberrar de ese carril, para ya no mal recodar el adiós que ni la voz abrazaba en el tiempo; para, en cambio, decir hola. Hola, Marco, discúlpame por ser débil, por no recordarte entero en la última plática, por no querer ir contigo al concurso de marinera. Pero ya estoy aquí, esta vez me tocó a mí llegar tarde.


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