Me deprime inmensamente saber que nunca podré contar los giros de un abano, que mis ojos tendrán ese límite aritmético; que lo veré así, pasar con toda su celeridad mientras agrandan su imperceptible estampa, discorde, arrítmica a la manera en que enumero las imágenes en movimiento que suelen gustarme. Si bien es cierto el abano puede estar compuesto por dos a más hélices, nunca por una como un Hombre a solas. Como digo, me enferma no tener un cálculo físico autómata. Pero si lo tuviera, de hecho que podría precisar exactamente cada uno de esos movimientos, aunque no estuviera allí, sólo me bastaría calcular su inicio y asegurarme la hora de cierre del edificio, departamento, oficina o donde sea que se albergue y sabría, como podría calcular ahora exactamente, el radio en el que te ubicas luego de habernos reído por sobre encima de los ojos acuosos, de saber que viajarás sin destino, como tanto te ha gustado hacer desde ya tiempo, pero esta vez seguros ambos de que no volveremos a derretir los helados y luchar con nuestros bellos reptiles rojos para que no se ahogue el barquillo, de que no volveremos a perseguir ratones a media noche con los zapatos celestes que compramos justo para eso, y para seguir a las hormigas hasta esos pequeños campos en formas de senos canelas como tus propios senos, que tanto me gustaron y te lo decía con la ambigüedad en toda valía. Que no volveré a descifrar la cercanía de tu forma de decirme adiós para dar un giro e impulsarte detrás de un poste hacia mis brazos, estos dos flancos que se parecen mucho a esos abanos cuando están apagados, cuando me es fácil reconocer todos sus giros: Cero. Y muy lejos de ahora, a pesar de estar ocurriendo, lejos, incalculablemente como nuestra distancia y las vueltas que ya dio, están dando y darán cualquiera de las hélices de las que nunca predigo el viaje.
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