viernes, 22 de octubre de 2010

Abalorio

Cuando John Let terminó su relación amorosa, se sintió húmedo. La huella del vacío, a veces, es mucho más grande que la del contenido. Había sido ella la ávida más tierna de todas las perras. Pero ahora, a 5 minutos de su último andar de la mano, se encontraba más excitado que siempre. No tenerla a su disposición hizo la posibilidad instantánea del coito más placentera. Cuando ella le había dicho el adiós estaban delante de la sección de avenas. Él sintió los abalorios de una pulsera en medio de su palma. Se la había regalado en el aniversario. A los minutos, Let no recuerdaría el intermedio, la vio de espalda llena de pasos. Agarró una de esas bolsas, la enrolló como si de un periódico se tratase, e incrustó en el medio de la pulsera. Entonces, húmedo y desasido, decidió buscarla. Tenía que explicarle que no quería vivir atrapado como el abuelito de Quaquer, en medio de unos bolitas chinas, que ahora, y que más tarde, y siempre, se parecerían a sus abalorios.

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