viernes, 22 de octubre de 2010

Abadejo

Mirarle el delgado rostro de historiador siempre será un placer para Garcí. Apenas había visto al Abadejo reconoció en él a la estirpe de trozos de fideo que dejaba sobre su plato en la niñez. Abandonarlos a media sopa había sido su costumbre. En cambio, de este pez no podía escapar con la mirada, volteaba y parecía que su iris negro le cocía una cadena a los ojos. Era automático. Cuando se miraban fijamente esa cadena cedía cercanía. Garcí daba en total cinco pasos. Los contabilizaba. Luego, estiraba la cadena con miedo a arrancarse los ojos y se iba. Nunca volteaba hasta la otra visita, y cuando volvía sólo miraba al Abadejo una vez posicionado lo suficiente del arrecife. Sus amigos dicen que una sola vez supo del cuerpo. Que lo recuerde asemejo a sus fideos es una constancia de ello.

No hay comentarios:

Publicar un comentario